Lepe hacía saber a toda la provincia y seguidores de la Magna Mariana celebrada en la capital onubense, el valor que tiene para los leperos todo lo referente a la Virgen de la Bella. Plasmando su historia, vínculo y tradiciones en los diferentes actos celebrados antes, durante y posterior a esta procesión.
Son muchas las tradiciones y muy rica la historia que envuelve a este pueblo costero y su patrona, siendo un binomio inquebrantable, y pudiendo ocasionar curiosidad entre aquellos que no son conocedores de tal unión.
Una de las tradiciones que más ha llamado la atención ha sido la imagen de los billetes en el manto de la Virgen de la Bella, algo que los leperos tienen más que normalizado, dado que es algo que se repite cada 15 de agosto. Y es que para los naturales de esta localidad se trata de una costumbre de ‘’toda la vida’’, siendo una forma peculiar para los que proceden de otros lugares de aportar un donativo a la Señora en compensación por una gracia alcanzada o la petición de la misma.
Cuando la Virgen residía en el Convento de El Terrón, este lugar sagrado se convirtió en un lugar de peregrinación, siendo esos peregrinos los que con sus limosnas y aportaciones sufragaban los gastos y cultos de Nuestra Señora de la Bella.
Sería más tarde, en 1835, con la desamortización de Mendizábal y con la llegada de la Bella a Lepe cuando el pueblo asumió, prácticamente en su totalidad, la parte material y ritual de las ceremonias de la Virgen. Y fue entonces también cuando el párroco acopió el dinero necesario para costear la novena y la procesión. Con ese fin cada año, en los primeros días de agosto, el sacerdote se echaba a la calle con un burrito a pedir por las calles del pueblo; en este caso no se buscaba sólo dinero, sino además una pequeña parte de la cosecha. Así, cada lepero entregaba lo que podía: unos almudes de almendras, unos cuantos más de cebada, trigo, avena, melones, etc. Esos frutos, más tarde, eran vendidos y convertidos en metálico.
Junto a esa aportación en especie, las gentes tenían la costumbre de tirar algunas monedas a la “mesa” del paso durante el recorrido procesional. En un principio, esos efectivos eran “duros” de plata. La costumbre continuó así, sin cambios, hasta la llegada del franquismo.
En ese momento, y debido a la acuciante exigencias de minerales surgidas por la guerra, el régimen retira prácticamente la totalidad de las monedas de curso legal quedando en circulación, tan sólo, una pocas de escaso valor, pues hasta las pesetas se acuñaron en papel. A raíz de esa situación, cuando algún devoto quería donar a la Bella una limosna de cierta cuantía debía hacerlo necesariamente en billetes, billetes, que, obviamente, no se podían tirar al paso desde lejos. Así arraigó la costumbre que hoy conocemos de sujetarlos con alfileres al manto.
Cuando la Hermandad percibió la necesidad de sustituir esta costumbre portando bandejas destinadas a recoger los donativos durante la procesión. El resultado no fue el esperado, y la mayoría de las personas se negaron a utilizar ese medio, prefiriendo seguir pinchando sus donativos como dictaba la tradición. Así, de forma sutil, se consolidó definitivamente la vieja costumbre


















